A medida que se aproxima la fecha de esta festividad, cada uno de nosotros vuelve, aunque sea brevemente, su mirada a los años en que éramos infantes.
Recordamos como nuestras madres, abuelas y tías, se reunían en la cocina y cada una de ellas preparaba los alimentos, que serían disfrutados durante la comida y cena por todos. Los diferentes olores de la preparación se mezclaban con el sonido de los villancicos, que bien en la radio o procedentes de nuestras gargantas lo invadían todo.
Mientras, los hombres montaban diferentes mesas, para que todos estuviesemos sentados en el mismo comedor.
Las risas y la alegría que reinaba, superaban en mucho las dificultades que se tenían, para que en la mesa no faltasen algunos productos típicos de aquellas fechas. Sin embargo, había dos ingredientes que no podían faltar: amor y caridad
Sí, pese a que siempre entre las familias podían haber surgido divergencias, estas se posponían y todos aportaban su parte de alegría, para que aquellas fechas fueran recordadas como felices.
Había mucha gente durante la postguerra, que no tenía ni trabajo ni sitio donde guarecerse. Las escaleras de las casas, sobre todo en la época invernal, eran los refugios donde estos se cobijaban, en cuanto llegaba la noche.
Pero en la nochebuena y el día de Navidad, no podía faltar que las familias que los tenían más cerca, les diesen un tazón de caldo caliente, pollo, turrón y polvorones. Pocos, eso sí, pero compartidos.
En la época actual, con una crisis galopante en lo económico y en los valores tradicionales, vuelve a ser necesario, que todos compartamos algo de nosotros mismos. No sólo los alimentos, sino el cariño y el amor hacia los otros.
Recordemos, que cada día puede ser Navidad.
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