QUINTA PALABRA: TENGO SED (Jn 19, 28)

Jesús durante su predicación llega a la ciudad de Sicar en tierras de Samaria. Estas estaban dentro de la heredad, que Jacob diera  en su día a su hijo José.

Fatigado y con el cansancio propio producido por el caminar, Jesús llega hasta el pozo de Jacob. Toma asiento y espera. Una mujer samaritana se acerca a buscar agua y Jesús la pide algo de agua para apaciguar su sed.

La mujer se sorprende de que un judío la pida algo, cuando la relación entre judíos y samaritanos no era buena.

Sin embargo Jesús, le responde: "Si conocieras el don de Dios... Él te habría dado agua viva".

La sed a veces nos quema los labios, mientras, que en otras ocasiones abrasa nuestra alma. Las injusticias, cuando vemos a nuestros "hermanos" escarnecidos, violados, marginados..., todo aquello que representa la humillación de los pobres, nos dice de la necesidad que tenemos de un agua que purifique, de agua de justicia y de amor fraterno.

Cristo en la cruz nos ofrece la amargura de su sed, para que obtengamos el manantial de agua viva que ofrece a la samaritana.

De su costado ante la lanzada del soldado romano, manó sangre y agua. Todas mis fuentes se encuentran en ti, son las palabras que nos recuerda el salmo (Ps 86, 7)

Con su sangre tenemos, según su oferta, vida eterna. (Jn 6, 54)