"Vigila la máscara que te pones, porque con el tiempo puedes terminar por olvidarte de quien eres realmente" Alan Moore
Uno de los mayores defectos o pecados, que el ser humano puede llegar a tener o cometer, es el de la vanidad. Está tan introducido en la conducta de la especie, que hasta La Biblia (Reina Valera 1960) cita dicho término en 75 ocasiones.
Suele ocurrir con frecuencia, y en casi todas las actividades de nuestra vida; en nuestro pensamiento a veces forjamos que somos mejores que otros, y en nuestro orgullo, nos comportaremos como pavos reales, sin tener en cuenta la sensibilidad de los demás.
En el transcurrir diario, nos encontraremos con políticos, actores, pintores, abogados, etc. Personas, que a base de su esfuerzo y dedicación, y sin dejar de aplicar los valores éticos y de justicia, alcanzan la cumbre del el éxito por sus trabajos. Sin embargo, también nos vamos a encontrar con seres, que se atribuyen así mismos éxitos, o aceptan halagos indebidos, que al vanagloriarse revelan la superficialidad de su existencia.
Es el culto a la apariencia. El ser humano se convierte en personaje y este para vivir, debe hacerlo pendiente de lo accesorio y aparcando lo esencial.
La vanidad se suele alimentar de los halagos. Esto produce una satisfacción inmediata, pero cuya duración es efímera.
Existe una antigua historia que ilustra lo anteriormente dicho.
Cuentan, que una rana muy presumida vivía en una hermosa charca. Aunque gozaba de una vida cómoda, ya que no le faltaba comida ni compañía, se sentía insatisfecha.
Cada mañana, observaba durante un largo rato, como entre sus tranquilas aguas se veía reflejada, maravillándose de su propia perfección. Entre sus sueños, se encontraba el deseo de viajar a un lugar más cálido, donde supiesen admirar adecuadamente sus muchas cualidades.
Desde la charca, veía pasar las aves que comenzaban a huir al sentir los primeros síntomas del frío. Hasta que unos gansos viajeros le sugirieron emigrara con ellos hacia el soleado sur. Pero había un pequeño inconveniente: la rana no sabía volar.
-Dejadme que piense un momento -dijo la rana -seguro que mi cerebro privilegiado encontrará una solución.
Fiel a la promesa, pronto tuvo una idea. Pidió a los dos gansos que le ayudasen a encontrar una caña ligera y fuerte, y les explicó que cada uno tenía que sostenerla por un extremo. Ella se puso en medio y se agarró a la caña mordiéndola con la boca. Así comenzaron su travesía.
Todo iba según lo previsto cuando al poco rato, pasaron por encima de una pequeña población. Los habitantes de aquel lugar salieron para ver tan inusitado espectáculo. Nunca habían oído hablar de ranas que volasen, y menos utilizando un medio de transporte tan ingenioso.
Elevando la voz, un aldeano curioso preguntó: ¿A quién se le ocurrió tan brillante idea? Al escucharle, la rana no pudo evitar que se le escapara la orgullosa e inmediata respuesta: ¡A míii!
Su vanidad fue su ruina. Aquellas fueron sus últimas palabras. En cuanto abrió la boca, se soltó de la caña y cayó al vacío.
*Autor desconocido
Hola, todos portamos una máscara que nos protege, la vanidad quizá es pensar que eres mejor que los demás, para mí es como un sistema más elaborado de defender nuestro territorio, al fin y al cabo también somos animales..........aunque hemos de reconocer que la belleza siempre o no está en el interior:
Había una vez un huerto lleno de hortalizas, árboles y frutales, y toda clase de plantas. Como todos los huertos tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y escuchar el canto de los pájaros. De pronto, un buen día, empezaron a nacer unas cebollas centelleantes, como el color de una mirada o el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo. Después de algunas investigaciones sobre la causa de ese resplandor, resultó que cada cebolla tenía dentro, en el corazón, una piedra preciosa. Ésta tenía un topacio, la otra una aguamarina, aquélla una esmeralda...¡Una maravilla! Por alguna incomprensible razón, se empezó a decir que aquello era peligroso, intolerable, inadecuado y vergonzoso... Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que esconder sus piedras preciosas en capas y capas cada vez más oscuras y feas, para disimular cómo eran por dentro, hasta que empezaron a convertirse en unas cebollas de lo más vulgar. Pasó entonces por allí un sabio al que le gustaba sentarse a la sombra de los árboles del huerto y que, sabía tanto, que entendía hasta el lenguaje de las cebollas, y empezó a preguntar una por una: -¿Por qué no eres como eres por dentro? Y ellas iban respondiendo: -Me obligaron a ser así. -Me fueron poniendo capas... -Incluso me puse algunas para que no dijeran... Algunas tenían hasta diez capas y casi no se acordaban de por qué se pusieron las primeras. Al final, el sabio se puso a llorar; y, cuando la gente le vio llorando pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas inteligentes: Por eso, aún hoy, todos siguen llorando cuando una cebolla nos abre el corazón.
un saludo
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