Cuentan, que en una bonita casa, muy cerca de un frondoso bosque, habitaba la pequeña Alba con sus progenitores. Con sus cinco años, era la reina de aquel hogar.

Sus padres, Carlos y Nuria, eran grandes aficionados a la lectura, y deseaban que la niña, tuviese un aprendizaje complementario, a través de las pequeñas historias que se relataban en un cuento.

Así, cada noche uno de ellos, leía los diferentes cuentos que tenían, hasta que la pequeña acababa cerrando sus ojos. Con este pequeño acto, la pequeña incorporaba a su conocimiento, aspectos de la vida diaria que la hacían crecer como persona.

Sin embargo, Alba prefería el cuento tradicional de la Blancanieves. Pese a ello, los padres acordaron en seguir con su idea. Esto no quitó, aquel cuento que era el preferido de Alba, estuviese en su habitación de manera permanente.

Katie, una perra de raza "pastor alemán", era un juguete en manos de la muchachita, con la que solía compartir en el jardín, sus momentos de juego. La perra solía ver a menudo a la niña, con el cuento mencionado en sus manos, y como a veces, ésta intentaba leérselo.

Un día, sin saber como, la cocinera descuidó su atención y se produjo un aparatoso incendio en la cocina.

Nuria oyó los gritos de la cocinera y acudió lo más rápido que pudo. Nada más ver la situación, decidió que antes de intentar sofocar el fuego, era preciso alejar a la niña del peligro. Hizo salir de la casa a Alba y a su mascota, volviendo ella al interior, para apagar el incendio.

La niña, mientras tanto, lloraba desconsolada porque su cuento había quedado en la habitación. La perra, después de lamer la cara de su amiga, se lanzó escaleras arriba hasta la habitación de ésta, donde recogió con su hocico el libro.

Cuando Alba vio aparecer a Katie con su cuento, saltó alborozada y se abrazó a su mastín. Ahora, recuperada la sonrisa, Alba volvía tener a su lado, dos amigos importantes que en aquel momento la podían acompañar: Un libro y un perro.